Una noche, mientras escribía estas líneas, mi niña de seis años me preguntó quién era ese señor, a lo que yo le contesté: "Alfredo Hockings, un misionero." "¿Y qué hizo?" me preguntó. "Predicar", le contesté. Y al ver que solo escribía y escribía, me dijo: "¿Y por qué no escribe solo que vino a predicar y ya?" Tal vez mi hija tenía razón. Y si tuviera que resumir este libro en pocas palabras, serían las suyas. Ahora, mi hija de seis años reconoce en fotografía quién es Don Alfredo Hockings, al igual que yo. Y es mi deseo y oración a Dios que muchos más, especialmente los jóvenes, conozcan más ampliamente quién fue y qué hizo este misionero inglés por la obra del Señor en Honduras, junto a todos aquellos amados hermanos que nos precedieron, para que juntos demos gracias a Dios por sus vidas mientras seguimos sus pisadas.



